[Inspirada en las historias de Wyatt, cogiendo como base sus inicios]
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Mientras observaba los reflejos rojos del vino en la copa, James hizo un repaso de la tareas pendientes, adquiriendo una actitud pensativa poco usual en él. Miró a las chicas de la barra con disimulo, escrutando el porqué de una actitud tan hostil que para él carecía de sentido. Se quedó sin encontrar un motivo convincente, simplemente tenían mala leche.
Luego también estaba la chica del fin de semana pasado, hablando con aquél desconocido que parecía conocer tan bien, y recordaba su cara de satisfacción cuando acabaron el asunto que les unió en lo físico. Se moría de ganas de decirle al acompañante lo bien que lo hacía aquella mujer.
Cuando se dio cuenta, ya llevaba bastante más de media botella, y procurando no hacer ningún numerito fué a pagar la consumición, incapaz de calcular un precio proporcional al gasto que había hecho. Puso cuatro euros en la barra y esperó la reacción de la arisca camarera que le había dado la copa antes. No hubo reacción. Salió del local con paso tambaleante y sereno hacia el exterior, atravesando las huidizas miradas de los cotillas de otras mesas.
James las pasó bien putas para quitar la cadena semicongelada, era como si tuviese las manos de cristal. Como supo, se subió a la bicicleta y fué pedaleando en zig-zag, clavándose en la cara el viento de metal que se levantó entonces. Llevaba un cuarto de camino, y reinaba el silencio, En una cuesta que a esa hora resultaba muy pronunciada, paró un momento a reponerse. Mientras respiraba ruidosamente, observó el anuncio de cerveza del camión que había aparcado enfrente suyo: una exhuberante mujer rubia ofrecía cerveza a cualquiera que pasase por delante, en este caso un borracho en bicicleta, y pensó que era algo bastante patético para el mundo del marketing y la publicidad.
Un grito femenino ensordecedor, arrancó a James de sus pensamientos, aterrizando a la Tierra de un golpe. Parecía venir justo de la ventana que había encima del camión o una de las cercanas. Agudizó la vista en busca de pistas, alguna luz que indicase movimiento, siluetas en la sombra, cualquier cosa. La mujer empezó a insultar a grito pelado y se oían ruidos de objetos al romperse. Un plato saltó desde la ventana y se rompió contra el pavimento, un tenedor, un cuchillo….alguien odiaba la vajilla y la cubertería. Detectó que el barullo provenía del balconcito que quedaba unos cuatro metros por encima del camión de cerveza. Una silueta negra salió al balcón mirando hacia abajo, sopesando las probabilidades de huida que tenía desde esa posición. Pensó poco, y saltó hacia el techo del camión, justo delante de James. El cálculo no fué demasiado bueno, y el impulso excesivo, con lo que perdió el equilibrio y en un tropiezo fué a parar encima del ciclista nocturno, demasiado piripi para entender que pasaba. En dos segundos, se quedó mirando desde el suelo cómo huía el ladrón con su bicicleta, y cómo la mujer desde el balcón no paraba de insultar al fugitivo.
Sin reacción, aún sentado en el suelo, mirando como la luz roja parpadeante de la bicicleta se hacía cada vez más pequeña, empezó a moverse y a incorporarse. Iba a seguir su camino a pie, resignado con su estrella, cuando un chirrido de ruedas y un golpe ahogado llevaron su mirada tres calles más abajo.
Era algo automático, cuando había un accidente, siempre corría donde fuera que había sucedido, y dos calles después, se arrepentía del carrerón que se estaba pegando. Dos coches implicados, un choque frontal, no parecía muy grave, tampoco se iba demasiado rápido dentro de la ciudad. Gente en círculo, se coló en medio, el ladrón con una pierna ensangrentada y un brazo en una posición anormal, yacía en el suelo. La bicicleta, hecha un amasijo de hierro, encastada entre los dos coches.
– Oh mierda!!- gritó James al ver su bicicleta.
– Le conoce?-preguntó un curioso del público- Se me puso en medio y no pude esquivarlo- dijo encogiendo los hombros.
Le dio vergüenza reconocer que le importaba más su bicicleta que aquel ser humano, y se agachó para ver cómo estaba. Respiraba con dificultad, la ropa que llevaba le apretaba demasiado, con lo que quitándose la chaqueta para taparle del frío le desabrochó la especie de traje de neopreno. Se sorprendió al ver que era una mujer, tenía en la cabeza la idea que era un hombre, y al ver que tenía el costado derecho amoratado se asustó. Hemorragia interna, pensó, eso era jodido. Sin entender porqué, sin quererlo tampoco, empezó a angustiarse, a ponerse nervioso. Al verle la expresión, el público le dijo que ya habían llamado a un ambulancia.
– No! Será demasiado tarde!- de pronto empezó a ponerse un poco histérico- Hay que salir ya! El hospital está cerca!- suplicando con la mirada buscó alguien que se atreviera a llevarla al hospital.
– Daina! Estás aquí- la fugitiva empezaba a delirar- Cómo te echaba de menos!-tosió sangre y entrecerró los ojos apretándole la mano.
– Cariño!- James perdió los papeles, sintió que no era él, como si fuera otra persona, como si conociese de toda la vida a la ladrona herida, como si fuera la persona que ella llamaba Daina. Un dolor en el pecho le punzaba el corazón y los pulmones, y empezó a llorar sin saber porqué.
– Yo te llevo- dijo un joven de aspecto desaliñado- Rápido.
James se levantó con agilidad, y ayudado por cuatro personas trasladaron a la herida al vehículo del joven. Era un coche pequeñito, y les costó un poco ponerla en buena postura.
– Avisen al Hospital que vamos para allá- ordenó James con convicción- En marcha.
Durante el trayecto, James no pensó en nada. Sentado atrás sosteniendo la cabeza de la fugitiva con delicadeza, velando por una desconocida como si fuera una hermana pequeña. La de vueltas que da la vida, pensó. Llegaron al hospital en poco tiempo, ya les esperaban los camilleros, listos para la urgencia del momento. James abrazó al voluntario que les llevó, dándole las gracias, y siguió apresuradamente la camilla de urgencias.